Mariachis / Photo: Jonathan Olivares, Boyle Heights Beat

Aunque sea un día oscuro, frío y lluvioso, los mariachis no dejan de reunirse en las aceras y en medio de las calles junto a la Plaza Mariachi para atraer tanto a personas que andan a pie como en automóvil. Muchos de los mariachis se visten con sus trajes de charro y reparten sus tarjetas de negocios a los automóviles que pasan. Pero son pocas las personas que paran a
escucharlos. Hace 15 años que el guitarrista Sergio Olvera viene a este mismo lugar de la plaza. Siente que necesita estar allí. “El trabajo no viene a buscarnos si estamos en casa”, dice.

Los mariachis han estado presentes en la Plaza Mariachi desde la década de 1940. El rasguido de las guitarras, el estruendo de las trompetas y el sonido de las voces de los hombres cantando continúa llenando la atmósfera de este lugar. Pero ganarse la vida nunca ha sido fácil para estos músicos, y últimamente las cosas parecen haberse puesto todavía más difíciles.

Incluso después de pasar varios días en la plaza, la mayoría de los mariachis solo logran un par de trabajitos para los fines de semana. “Me siento muy afortunado si me contratan tres días de la semana”, dice Pedro Trujillo. Su grupo a menudo gana solo 100 dólares al día, dice, dinero que se divide entre todos los miembros.

No solo la cantidad de días de trabajo ha disminuido, sino también la cantidad de horas. “Hace unos cuatro años nos contrataban hasta por 10 horas [al día]. Ahora los clientes solo nos quieren por una o dos horas”, dice Joel Arriaga, acordeonista.

Una larga trayectoria

Anita Castellanos, residente de hace mucho tiempo y dueña de una propiedad, nació en una casa junto a la plaza y ha visto muchos cambios a lo largo de los años.

Recuerda cuando los mariachis comenzaron a reunirse en la esquina de las calles First y Boyle para buscar clientes. “El quisco era una gasolinera”, recuerda. “En aquel entonces, el dueño de la gasolinera les dio permiso a un par de muchachos para pararse allí a buscar trabajo. Pensaba que le comprarían cigarros”.

Con el paso de los años, la plaza se convirtió en un lugar famoso de los mariachis. “Las personas no van a Olvera Street por los mariachis”, dice Castellanos. “Van a Boyle Heights, a la Plaza Mariachi”.

Pero ahora ya no hay suficientes personas que visiten la plaza, y los mariachis tienen dificultades para ganarse la vida.

Castellanos notó el descenso en la cantidad de grupos que hay en la plaza. “Tiene que ver con la economía”, dice. “Nadie quiere pagar 50 dólares para que los mariachis canten ‘Feliz Cumpleaños’”.

Si bien su trabajo no tiene una tarifa fija, los grupos cobran entre 40 y 50 dólares la hora, dependiendo de la negociación que hagan con el cliente.

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Competencia de precios

El descenso en la demanda y la necesidad perpetua de conseguir trabajo han provocado una división entre los mariachis.

“Está claro que hay mucha competencia. El grupo que ofrece el mejor precio es el que se queda con el trabajo”, dice José Luis Aceves, guitarrista.

Víctor Manuel, que estudió en el Conservatorio de Música del Sur de California, no es el típico mariachi. Aunque también va a la plaza, cobra más que el promedio y generalmente lo contratan los líderes de las bandas.

Dice que contratar a alguien ya no depende del talento, como era antes. “La calidad ya no existe”, dice. “Los buenos mariachis son una especie en extinción”.

Manuel dice que ha cambiado el tiempo que los mariachis le dedican a su música y el compromiso que sienten. A menudo, dice, la actitud es “esto es solo un trabajo, solo hay que cumplir”.

Debido a las dificultades económicas y a la necesidad de mantener a sus familias, muchos mariachis se ven obligados a buscar otros tipos de empleos de tiempo parcial.

“Cuando veo que el trabajo como mariachi no va bien, busco a alguien que me contrate para trabajos de construcción”, dice Aceves.

Aunque pintan casas y hacen pequeños trabajos de construcción, no sienten que renunciaron a su música.

Olvera, que tiene 10 hermanos que tocan la guitarra, es la tercera generación de mariachi en su familia. Su padre era músico en México.

Siento orgullo de mantener viva esa parte de su cultura.

Si bien la vida del mariachi puede ser difícil, la mayoría siente que la única opción es seguir tocando.

“Aquí estamos porque creemos que la cultura mariachi es hermosa. Es una adicción. Necesitamos tocar música para sentirnos bien”, dice Olvera.

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