Esta página también disponible en: English

Las recientes aseveraciones de Donald Trump acerca del terrible estado de nuestros vecindarios y de que debemos “cambiar nuestros centros urbanos” es parte de un discurso político más amplio que perpetúa una visión deficitaria de nuestras comunidades de minorías y en particular de nuestros estudiantes.

En este discurso, los estudiantes de minorías se perciben en última instancia como faltos de inteligencia e incapaces de alcanzar el éxito. Como resultado, necesitamos ser salvados mediante a políticas neoliberales, evaluaciones normalizadas y un plan de estudios basado en normas comunes que hagan que nuestras escuelas sean “mejores”.

Dentro del salón de clases predomina con frecuencia el conocimiento eurocéntrico, por el cual se justifica la colonización de los indígenas y mestizos mientas omite, o menciona brevemente, las verdaderas historias de genocidio y desplazamiento. Si bien muchos profesores tienen la intención de ayudar a sus estudiantes a alcanzar el éxito académico y tener acceso a un estilo de vida mejor, la mayoría de los docentes no cuenta con el apoyo adecuado para hacerlo.

A mayor escala, tenemos políticas educativas, como “No Child Left Behind” (Que ningún niño quede rezagado) o el fondo más reciente de Obama “Race to the Top” (Carrera hacia la cima) que profundiza la responsabilidad de los estudiantes y los docentes por el fracaso académico y los bajos puntajes en las pruebas en vez de considerar a las instituciones y al sistema educativo en su conjunto. En general, la retórica negativa que afirma que los centros urbanos deben ser arreglados y salvados funciona como un código que continúa activando el complejo de los blancos salvadores.

Por lo tanto, como comunidad, ¿cómo hacemos frente a estas ideologías hegemónicas dentro y fuera del salón de clases? Debemos comenzar reconociendo que Boyle Heights cuenta con una historia de activismo político. Desde las huelgas en el Este de Los Ángeles ocurridas en 1968 a las recientes protestas contra el aburguesamiento, nuestra comunidad exuda activismo.

Algunas personas ajenas a nuestra comunidad la consideran violenta, sin educación y plagada de pandillas. Y otros solo nos ven como una mina de oro que rebosa de variadas comidas y arte cultural. Si bien las estadísticas consideran la primera percepción como la verdadera (hasta cierto grado), y es claro que contamos como una variedad de deliciosas comidas y producimos un arte maravilloso que respaldan la segunda visión, somos mucho más que eso.

También contamos con lo que la investigadora académica Tara J. Yosso denomina riqueza cultural comunitaria. Todos tenemos aspiraciones y sueños de alcanzar el éxito académico y tener una vida exitosa. Tenemos la capacidad de comunicarnos y/o entender varios idiomas, contamos con conocimientos familiares que nos ayudan a sobrevivir en las calles. Tenemos habilidades sociales que nos permiten establecer redes de apoyo para ayudarnos mutuamente. Contamos con los conocimientos para navegar el sistema porque es lo que hemos hecho durante toda la vida. Y, por último, sabemos cómo resistir.

Estos seis tipos de riqueza cultural reflejan las cualidades particulares de los miembros de nuestra comunidad, algo que generalmente la sociedad predominante pasa por alto.

Para poder terminar con la desigualdad educativa, nuestra sociedad necesita impulsar una transformación sistemática e ideológica. Desafortunadamente, esto es algo extremadamente difícil de lograr en nuestro ciclo de vida, pero no quiere decir que debemos dejar de reclamar y trabajar para conseguirlo. Como comunidad, debemos asumir la riqueza cultural que poseemos y continuar con nuestro legado de resistencia para luchar por espacios en las escuelas donde podamos mantener un diálogo esencial sobre los temas sociales que nos afectan.

Un ejemplo sería permitirnos tener un plan de estudios que se centre en nuestras propias experiencias como estudiantes de minorías en Estados Unidos o que ofrezca los recursos necesarios para establecer vínculos más sólidos entre las escuelas y los padres, a fin de que se oiga realmente la voz de los padres. Para este esfuerzo se necesita de la participación de los docentes y de la administración escolar, además del compromiso con la justicia social en nuestra comunidad. Les pedimos a los líderes educativos que continúen abogando y aprendiendo de nosotros.

Ya que resulta muy difícil reformar un sistema que no fue diseñado para nosotros, debemos emplear los recursos y los conocimientos de nuestra comunidad para garantizar que nuestros estudiantes obtengan la educación y las oportunidades que se merecen. No necesitamos que los blancos salvadores “nos arreglen”. No necesitamos que las personas con grandes recursos económicos inviertan en nuestras comunidades a través de negocios y complejos de vivienda dirigidos a personas de clase media alta y alta. Y no queremos que las personas ajenas hablen por nosotros.

Lo que necesitamos es recuperar los recursos que nos arrebataron y usarlos para fortalecer el ascenso desde nuestra propia comunidad para alcanzar el éxito y enseñarnos a nosotros mismos que tenemos tanta capacidad e inteligencia como los demás estudiantes cuando se nos permite tener estos espacios, nuestros espacios para vivir y prosperar. Como comunidad, solo nosotros sabemos lo que es mejor para nuestra comunidad, ya que vivimos y respiramos la cultura de Boyle Heights.

Kevin Martínez es oriundo de Boyle Heights, en 2016 se graduó de la Escuela Preparatoria Roosevelt y participó como periodista joven en el Pulso de Boyle Heights. Al presente, se encuentra realizando una maestría en educación, cultura y sociedad en la Universidad de Utah.

Foto superior: Porción del mural ‘El corrido de Boyle Heights’ de East Los Streetscapers en la Calle Soto. Foto de Ángel Lizárraga.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.