Por Kris Fortin

Por primera vez en mis 24 años, ayer me puse a ver la conmemoración de “El Grito” en Univisión, donde cantaba el bien conservado Vicente Fernández. Una vez más, los sentimientos asociados con la ocasión tuvieron una fuerte alusión en mí, quizás debido a las preguntas que he tenido toda la vida sobre mi identidad y herencia.  ¿Cuál es la diferencia entre Benito Juárez y Miguel Hidalgo?  ¿El Cinco de Mayo y el 16 de septiembre no significan la misma cosa?

Provengo de una familia de madre mexicana y padre hondureño, por lo tanto uno pensaría que sé un poco más al respecto. Pero anoche fue cuando aprendí que “El Grito” es una celebración que conmemora la independencia de México de España, y es el día festivo nacional más importante que se celebra en el país.

No soy el único. Hay miles de latinos como yo, que nacieron o se criaron en EE. UU. y provienen de padres inmigrantes. En esta situación, diluimos nuestra herencia para aceptar nuevos idiomas, costumbres e historias. Celebramos el Cinco de Mayo en forma masiva porque es lo que se hace en EE. UU., pero la mayoría de nosotros no siente una relación especial con la celebración del Día de México que se muestra en el canal local en español o en nuestro vecindario.

Y no somos los únicos que cambiamos nuestras costumbres de origen por las estadounidenses. Mi madre, por ejemplo, que se crió en Autlán, México, no celebra hoy el Día de la Independencia Mexicana – no puedo recordar que lo haya hecho alguna vez.

Mi padre hondureño, Frank Fortín, y mi madre mexicana, Margarita Fortín, acompañándome en mi graduación de la universidad en mayo.

Mi padre siempre me dice que cuando emigró a EE. UU., le dijeron que debía renunciar a su lealtad a Honduras para poder convertirse en ciudadano estadounidense. La obligación de adaptarse y vivir el sueño estadounidense hizo que mis padres sustituyeran las celebraciones del día de independencia celebrados en México y en Centroamérica, y pasar a celebrar siempre el 4 de julio o el Día de los Caídos en las Guerras.

Hoy, a medida que crece mi interés en mi propia herencia, paso la mayor parte de mi tiempo en Boyle Heights, donde me veo reflejado en los rostros de sus residentes. Ver inmigrantes y latinos que pasaron por el proceso de aculturación, como yo, es como mirar una calesita de mi pasado y mi presente. Si bien no vivo en el vecindario, las imágenes y los sonidos de la comunidad me hacen sentir que es allí donde pertenezco.

Mientras escribo esto, pienso asistir a la celebración de la Independencia de México que se organiza hoy en la Plaza Mariachi de Boyle Heights, pero sin mis padres. Estoy seguro de que seré uno de los muchos latinos que oirá “El Grito” pero que no sabrá lo que estas personas apiñadas en la plaza están gritando. De todas formas, a pesar de mis preguntas y mi falta de conexión, percibo a Boyle Heights como el lugar donde conectarme con mi herencia y cultura.

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