Los jóvenes inmigrantes indocumentados, o “soñadores” como se les llama, han estado a la vanguardia para promover la defensa hacia un camino para la ciudadanía. El programa Acción Diferida, anunciado por la administración Obama en el mes de junio, les permitirá a muchos de estos jóvenes obtener una condición legal provisoria y permisos de trabajo. Si bien algunos críticos consideran que este programa es una “amnistía encubierta”, para muchas personas de Boyle Heights y de toda la nación representa una oportunidad para tener un futuro en este país. De vez en cuando, BoyleHeightsBeat.com publicará una compilación de historias de inmigrantes que hayan sido escritas por “soñadores”, otras personas indocumentadas y todos aquellos que deseen compartir sus experiencias como inmigrantes. La identidad de algunos de estos autores se mantendrá anónima.

Wendy Carrillo fue la última homenajeada como “Mujer del Año” por la Senadora Gloria Romero en 2010. / Foto de wendycarrillo.wordpress.com

Escribí el artículo que figura a continuación en el año del 2010, momento en que la ley Dream Act había generado gran expectativa y se estaba tratando en el Congreso. Si bien en aquel entonces la ley fracasó, ahora el programa de Acción Diferida del presidente Obama les permitirá a los estudiantes indocumentados a salir de la oscuridad y comenzar una nueva vida. Aunque muchas personas consideran que los estudiantes de la ley Dream Act “deben regresar a su país”, debemos mantener una vía de comunicación abierta sobre el impacto de la política extranjera de EE. UU. y aprovechar la oportunidad que tenemos como país para conservar a este grupo de jóvenes brillantes y apasionados que solo necesitan una oportunidad para mostrar sus talentos y contribuir al único país que han conocido en su vida y consideran su hogar. El programa de Acción Diferida no es la solución final, pero sin dudas es un gran paso en la dirección adecuada.

Se han organizado innumerables manifestaciones a nivel nacional con la finalidad de que el público gane más conciencia sobre la Ley de Desarrollo, Exención y Educación para Menores Extranjeros (DREAM, por sus siglas en inglés), también conocida como la ley Dream Act. En solidaridad con la ley Dream Act y la infinidad de estudiantes que se beneficiarían con esta ley, deseo compartir mi propia historia, mi viaje desde un pequeño país en América Central a la gran jungla urbana de Los Angeles.

Entre los años 1980 y 1992, El Salvador, mi país de origen, se vio envuelto en una cruenta guerra civil. Contando con ayuda económica del gobierno de EE. UU. bajo el mandato del presidente Carter y del presidente Reagan, el gobierno salvadoreño pudo financiar una guerra contra sus propios ciudadanos durante las últimas etapas de la Guerra Fría.

Perdí a mi padre a causa de esta guerra. Murió por intentar proteger los derechos humanos básicos de los trabajadores agrícolas, las madres y los niños.

En 1983, cuando tenía solamente tres años, mi madre, quien tenía poco más de 20 años, tomó una decisión que cambiaría nuestro destino para siempre. Decidió irse a EE. UU. para trabajar y buscar la forma de enviar dinero a El Salvador para que yo pudiera reunirme con ella. No paso por alto la ironía implícita de mudarse al país que había colaborado con al gobierno salvadoreño para inducir a que miles de sus ciudadanos abandonaran el país.

Pocos años después, gracias a su trabajo como niñera (a pesar de que tenía una licenciatura), mi madre pudo ahorrar dinero suficiente para mandarme buscar. Yo tenía cinco años. Se había vuelto a casar y me esperaba con una nueva familia. La vida era maravillosa y el sueño americano estaba al alcance de las manos. Fui la mayor de cinco hijas y logré ser la primera de la familia que se graduó de una preparatoria en EE. UU. Me licencié en Cal State Los Angeles y obtuve mi título de maestría en University of Southern California, donde tuve el honor de ser la estudiante oradora en la ceremonia de graduación de estudiantes chicanos/latinos. Pedí préstamos e hice todo tipo de trabajos, desde vender televisiones en Circuit City a pasear perros y contestar teléfonos; mis padres me enseñaron el valor de trabajar arduamente y de establecer metas.

Hace unas pocas semanas, la senadora de mi estado, Gloria Romero, me nominó “Mujer del año” por mi trabajo en radiodifusión y mi servicio a la comunidad.

Al leer los titulares de los estudiantes que ponen en riesgo ser deportados al actuar con verdadero patriotismo y buscar ampliar el diálogo sobre la necesidad de crear una reforma inmigratoria integral, no puedo evitar reflexionar sobre mi propia historia.

En mi caso, tenía trece años cuando supe que era indocumentada, que era “ilegal”. Crucé la frontera entre México y EE. UU. en el asiento trasero del automóvil de un coyote y lucía una camiseta de Mickey Mouse. Yo, la chica que toca el violín, es fanática de los Dodgers, siempre tuvo excelentes calificaciones y prefería sentarse en primera fila en la clase.  ¿Cómo podía ser ilegal?

Al parecer, a pesar de vivir en un país donde se asesinaban personas, se violaban mujeres y los niños desaparecían, el gobierno de EE. UU. se negó a darnos asilo político. Nos enfrentamos con las siguientes opciones: 1) arriesgarnos a morir en la guerra o 2) permanecer en EE. UU. sin la documentación adecuada.
La opción fue un simple acto de supervivencia.

Para la mayoría de los adolescentes, cumplir 13 años representa un rito de iniciación, se aproxima el ingreso a la escuela preparatoria, los sueños del baile de graduación, los chicos y los partidos de fútbol. En mi caso, aprendí la verdad sobre mi condición y comencé a ver el mundo con otros ojos. No habíamos abandonado El Salvador porque queríamos, nos habíamos ido por necesidad.

Las opciones que siguieron a esa decisión tuvieron un efecto dominó que ocurrió en el momento que el presidente Reagan estuvo de acuerdo en aumentar la financiación para la guerra civil salvadoreña.

Este tema, la participación de EE. UU. en asuntos internacionales, se omite con frecuencia en la discusión sobre la inmigración. Diría que la mayoría de los estadounidenses no saben dónde queda El Salvador ni cuánto dinero se envió para financiar dicha guerra civil.

Tuve la fortuna de convertirme en residente de EE. UU. durante mi adolescencia, en el año 2004 voté por primera vez en las elecciones presidenciales como ciudadana estadounidense. Amo a este país por las oportunidades que me ha ofrecido, gracias a mi arduo trabajo y dedicación. Examino su historia y estoy segura de que su futuro es esplendoroso y sólido, un futuro al que deseo contribuir para dar forma.

Mi historia no tiene nada de especial, extraordinario u original. Hay innumerables jóvenes como yo que han tenido que superar obstáculos inverosímiles.

Como defensora de la ley Dream Act, al pensar en los jóvenes estudiantes que están poniendo en juego todo lo que tienen no dejo de admirar sus talentos, contribuciones y pasión.

Como país, hemos invertido en su educación, en sus éxitos y en sus sueños, pero hoy se encuentran en un limbo, sin la oportunidad de trabajar con los títulos que han pagado para obtener. No pueden contribuir a nuestra economía, nuestro sistema impositivo, nuestro servicio militar ni nuestros centros de investigación.
Recibí innumerables honores, elogios y reconocimientos. La gente dice que soy un ejemplo a seguir, alguien a quien los jóvenes de las zonas urbanas deprimidas pueden admirar.

Yo, la niña que a los 13 años supo que era ilegal. ¿Qué vida llevaría si no hubiese podido legalizar mi situación?  ¿Habría podido hacer la misma contribución que he hecho?

La finalidad de la ley Dream Act no es darle una mano a los estudiantes indocumentados, se trata más bien de nuestra capacidad para reconocer talento, motivación y perspectiva de futuro para nuestro país.

Es algo que nos debemos a nosotros mismos, a nuestro país y a nuestro futuro: debemos aprobar una ley que ofrezca a estos jóvenes un camino hacia la ciudadanía para poder servir en las fuerzas armadas o estudiar en la universidad.

Nuestra sociedad ya no se desarrolla exclusivamente dentro de nuestras fronteras, vivimos en una economía global, en la que el éxito del país se mide por la resiliencia, fortaleza y valor de su pueblo, todas características que estos estudiantes poseen y dan testimonio con su ejemplo.
 
Una versión de este artículo fue publicado originalmente en HuffingtonPost.com
 
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